Es sorprendente lo que uno puede hacer con una calificación reprobatoria en arte elemental, un poco de imaginación retorcida y una motosierra.
D. H.
Esto pasó a mediados de los noventa: Algunos se volvieron locos, los demás corrieron despavoridos. Fue gore. Fue maniático. Fue depravado. Un prelado dijo al respecto: “No conozco empresa, profesión o industria que permita la perpetración de tantos fraudes como el SpecimenArt. Al ver esto, no es de extrañarse que Hitler fuera tomado como artista.”
Manifiesto: Como en pesadilla huxliana, la ingeniería genética nos promete niños perfectos. Para nuestra fortuna, no todos los bebés nacen de molde... aún. El SpecimenArt se interesa por la belleza en la deformidad así como la belleza en todo lo humano o animal, vivo o muerto.
Aquí alguien que todo lo volvió materia y anomalía espiritual, aquí una de las piezas integrales del ya casi extinto SpecimenArt. Su nombre: Damien Hirst. Oficio: escultor-disecador. Lugar y año de nacimiento: Bristol, Inglaterra, 1965. Impulso central: la exploración de los límites de la moral, terquedad que le atrajo varios ceros a la chequera.
Para aquellos a los que sigue sin decirles nada el nombre, Damien Hirst fue de las figuras más importantes de la escena artística internacional, el reemplazo de Jeff Koons, el media-junkie sacado de una cinta de David Lynch; para ser más precisos, es el tipo que cercenó animales y los exhibió en peceras llenas formol.
Puercos, ovejas, reses y tiburones partidos a la mitad; un toro y una vaca en plena cópula, carroña consumando el milenario rito del in-out; carne pútrida –plagada de moscas– con el sello aprobatorio del departamento de agricultura y sanidad; el trabajo de Damien Hirst trastocó el ciclo que va de lo decadente a lo sublime, la línea que corre de lo visceral a lo conceptual. En vitrinas o cubos blancos, su obra fue un neurasténico homenaje a la vida a través de los procesos fisiológicos que la niegan: enfermedad, muerte, podredumbre. Farmacología, naturalismo del grueso, propaganda mediática y amarillismo confluyeron para formar esculturas difíciles de olvidar, más propias de un museo de historia natural que de una exposición de arte moderno.
La sociedad protectora de animales se le echó encima, los ecólatras se le dejaron ir, salubridad le puso un alto y las ligas de la decencia le organizaron un auto de fe. Todos le echaron montón sin pensar que en realidad le estaban haciendo promoción sin costo. Risible resulta la advertencia que le obligaron colgar: El contenido de esta exhibición puede provocar shock, vómito, confusión, pánico, euforia y ansiedad. Si sufre de presión alta o desorden nervioso, mejor será que consulte a un médico antes de ver la muestra. Los necios picaron el anzuelo.
“Para mucha gente el arte contemporáneo es estúpido y extraño. Quiero que ese público conozca mi trabajo. Quiero que me visiten y, al salir, digan ‘qué asco’ ”. No por nada sus creaciones fueron tachadas de amarillistas, perturbadoras y freakeantes. A lo anterior, Hirst preguntó burlonamente: “¿Qué demonios tiene de malo el sensacionalismo?” –y para rematar: “Quiero que la gente se asuste de las cosas que se tienen como normales. Las cosas comunes deberían dar miedo, por eso mi trabajo está lleno de porquerías de la vida cotidiana. Un zapato, por ejemplo, sirve para caminar de un lado a otro. En el momento en que tú coges ese zapato y –con él– le partes la cabeza a tu novia, pues se vuelve un objeto maldito. Lo que aterra es el cambio de función... precisamente eso es el arte.”
Contrario a los artistas de su generación, la obra que produjo Hirst fue variada y llena de contrastes. Además de sus animales muertos y especímenes marinos en formol, el artista británico embarró lienzos y probó diversas técnicas. Así, por ejemplo, se aventó una serie compuesta exclusivamente de manchas aleatorias, producidas caprichosamente por efecto de la fuerza centrífuga (igual que nuestras pinturitas de kermesse cuando niños). También publicó un libro, diseñó portadas para los Eurythmics y dirigió el video ‘Country House’ para el grupo Blur.
Hirst ha cambiado mucho. Ya no practica la taxidermia, ha dejado las drogas y ahora es un padre de familia ejemplar. Ya no es gore, ni maniático, mucho menos depravado. Hace poco Hirst fue demandado por vender un figura de juguete como arte original. En fin, Damien está a punto del retiro, en parte porque para escandalizar ya se necesita algo más que un mingitorio exhibido como fuente o un caballo colgado del techo de la Tate Gallery.
Como reza una de sus esculturas: ¡Shit happens!
Arturo Pizá

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