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Si no fuera por la sangre, la historia sería un cuento de Walt Disney.
Eso, ya se sabe, sería aún más terrorífico que la propia historia.
Kalondi.
Pintemos una secuencia de escenas perturbadoras: el hombre se acerca a la casa y encuentra que la puerta principal está abierta. Qué afortunado descuido, piensa. Se interna cautelosamente sin saber bien a bien qué encontrará. Halla otra puerta y la abre… nada. Otra y otra y otra. Él sabe que la combinación de equivocaciones pronto le dará un acierto. Es de noche y es fácil suponer que todos sus objetivos se encuentran desarmados por el sueño. Un picaporte cede. Adentro se puede aspirar inocencia y serenidad. Él se siente gratificado, la víctima lo espera dormida y desnuda. Buena combinación. El asesino le acaricia el cuerpo con la yema de los dedos. La mujer despierta y sonríe sin saber la clase de tormento que le espera.
Hay criaturas que nacen con sed. Hematófagos a fin de cuentas, harán hasta lo indecible por saciar ese capricho inicuo. Tal es el caso de Ted Bundy, el Picasso de los asesinos en serie, sin duda uno de los más famosos de la historia norteamericana reciente. Según el parte oficial dio muerte a 36 mujeres, pero cálculos más realistas apuntan a la centena. Bien parecido, carismático, inteligente, con un futuro prometedor en el campo de las leyes, esa era la impresión que se llevaban de Bundy antes de ser literalmente despellejadas.
Verdugo de mil caras, transfiguró su aspecto una y otra vez para atraer a sus presas. Su mimetismo lo hacía ver como un tipo agradable y educado que, por ejemplo, les cargaba los libros o las invitaba a pasear en su Volkswagen o, simplemente, les pedía ayuda para descargar su yate. Contrario a otros asesinos de cuidado como Gary Gilmore, nuestro personaje se presentaba como un tipo seguro de sí mismo y pacífico al que le gustaban las cosas sencillas de la vida. Difícil era dudar de ese “nice guy”, de esa apariencia de hijo de familia, de esa mirada firme pero libre de pecado. (Sus biógrafos dicen que incluso fue voluntario en alguna campaña del partido Republicano y que prestó sus servicios a una línea de apoyo para prevenir suicidios.) Tres pasiones tenía este hombre: la sangre, esquiar y la abogacía, en ese orden.
Su reinado del terror comenzó en 1974, con el asesinato de Linda Healy, una estudiante de la Universidad de Washington. Poco después varias mujeres de la localidad, reportadas como desaparecidas, se sumaron a la lista. A partir de entonces Ted Bundy decidió que la sangre nunca era suficiente y atacó a cuanta joven se puso en su camino. Después de Washington siguió Salt Lake City y de ahí, Colorado; en todos esos lugares dejó tras de sí una estela de cuerpos mordidos y mutilados.
En Utah intentó raptar a una joven llamada Carole DeRonch que, increíblemente, pudo escapar y dar aviso a la policía. Días después Ted Bundy fue detenido y acusado de intento de secuestro; en el interior de su automóvil la policía descubrió un piolet, unas esposas, una cuerda y una bolsa de plástico de las que se usan para tirar la basura. Bundy fue encontrado culpable y sentenciado a una pena de entre uno y 15 años de cárcel.
En prisión, Bundy fue examinado psicológicamente tal como lo recomendó la corte durante su juicio. La evaluación arrojó datos bastante interesantes: según el informe Bundy no era sicótico, neurótico, retrasado mental, alcohólico o drogadicto, mucho menos sufría de amnesia, desorden mental o desviación sexual alguna. El expediente concluye que el paciente “siente temor de ser humillado cuando se involucra sentimentalmente con mujeres”.
Mientras Bundy permanecía encarcelado en la penitenciaría estatal de Utah, el FBI comenzó una investigación que lo conectara a unos cuerpos encontrados en Colorado. El asesino fue trasladado a ese estado para enfrentar los cargos y, mientras esperaba juicio, despidió a su abogado y se hizo cargo él mismo de su defensa. Bundy, astutamente, escapó por una ventana de la librería donde supuestamente preparaba su caso.
El prófugo llegó a Florida y comenzó la etapa final de su carrera como depredador, la más sanguinaria. Una noche obscura de enero se introdujo a un dormitorio de estudiantes de la universidad estatal, una de esas fraternidades que se estilan en el país de las hamburguesas. Bundy atacó de forma brutal a cuatro jóvenes que dormían tranquilamente en sus camas. Dos mujeres murieron, dos sobrevivieron milagrosamente. No contentó con eso, salió de la casa y consiguió otra presa en un edificio vecino. Todas las víctimas fueron golpeadas, violadas, sodomizadas y mordidas con una saña hasta ese entonces desconocida.
Dos semanas después Ted Bundy masticó su último bocado, una niña de 12 años. En julio de 1978 fue capturado y acusado por los crímenes cometidos en Florida. La policía reunió suficiente evidencia para que la fiscalía de tres estados le atribuyera el cargo de homicidio en primer grado. En los tres juicios Bundy condujo su propia defensa y en los tres se declaró “inocente”. Dos fueron las pruebas que lo condenaron a muerte: una, el testimonio de una de las víctimas que salvó la vida; y dos, la ya famosa fotografía que muestra cómo las mordidas sobre las piernas y nalgas de las mujeres atacadas coinciden perfectamente con las huellas dentales de Bundy.
Después de innumerables apelaciones, Theodore Robert Bundy fue ejecutado el 24 de enero de 1989. En su última comida se despachó un bistec, dos huevos, papas fritas y café. Al otro día la primera plana de la prensa gringa recitó: “El asesino murió con una sonrisa en la cara” (Sic).
En palabras de Bundy: “Quitar la vida es como examinar, con lujo de detalle, lo que hay dentro de un maletín médico. Es como investigar lo que hay detrás de un espejo. Al que asesina le gusta mirarse en el espejo, apreciar su imagen repetida, en primer plano, sin tomar en cuenta lo que está a sus espaldas, es decir, los problemas a los que tendrá que enfrentarse.”
El cuadro que acabamos de pintar tiene más barras y estrellas de las que jamás imaginamos (o quisimos). Nuestro lienzo se refiere al país que ha estado en guerra ininterrumpida desde su creación, el país de la libertad donde todo está prohibido, el hogar de los hombres bravos, la “América” cuna de los serial killers.
Amigos y amigas… felices trazos.
Arturo Pizá

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