La propaganda puede descubrir o encubrir, puede ser confiable o
tendenciosa, seria o cínica, racional o emocional. Su fin
último es convencer, pero a diferencia de la publicidad que
ataca nuestros hábitos de consumo y autoestima, la propaganda
compra la totalidad de la conciencia al reafirmar o cambiar nuestra
ideología, nuestra identidad. Herramienta o arma, como se
quiera, este elemento inevitable de la cultura de masas puede transformar
lo inmutable o justificar lo inaceptable
puede atender un
problema social o puede defender una teoría que se llevó
entre las patas a más de 55 millones de personas.
Difícilmente Adolfo Hitler se hubiera encumbrado de la forma
en que lo hizo, sin una maquinaria propagandística bien orquestada.
El enano austriaco sabía que tan importante como la campaña
de terror desarrollada por Himmler, era la de convencimiento fomentada
por Goebbels. Así, la propaganda del Tercer Reich hizo posible
un gobierno -fundado en la intimidación- que enalteció
a un enclenque y lo disfrazó de dios. El nuevo Atila, gracias
a Goebbels, convenció al pueblo alemán para que aprobara
(y apoyara) la persecución judía, y para que aceptara
con estoicismo la destrucción provocada por la guerra.
Para entender los métodos y alcances de la propaganda nazi,
es necesario adentrarse en la historia de su creador, de la mente
aguda que sentó las bases para seducir, sugestionar y manipular
efectivamente a las masas.
Paul Joseph Goebbels era un tipo chaparro, delgado, de pelo negro
y con una pierna más corta que la otra, muy alejado del genotipo
ario que tiempo después ensalzó tanto. Ridiculizado
y humillado durante su infancia, rechazado por el servicio de reclutamiento
para combatir en la Primera Guerra tiempo después, compensó
su "deficiencia física" con intelecto. Cínico,
inteligente, solitario y radical, juró vengarse
y lo
hizo.
Más que nadie, Goebbels fue el responsable de propagar y
popularizar las ideas del partido nazi, inclusive antes de que llegara
al poder. Con su refinada demagogia no sólo ridiculizó
y atacó a sus adversarios, también conquistó
a las masas con un plan de medios sumamente novedoso para su tiempo.
En sus diarios alguna vez escribió: "No hay necesidad
de dialogar con las masas, los slogans son mucho más efectivos.
Éstos actúan en las personas como lo hace el alcohol.
La muchedumbre no reacciona como lo haría un hombre, sino
como una mujer, sentimental en vez de inteligente. La propaganda
es un arte, difícil pero noble, que requiere de genialidad
para llevarla a cabo. Los propagandistas más exitosos de
la historia han sido Cristo, Mahoma y Buda".
En 1933 los nazis llegaron al poder y Goebbels fue nombrado Ministro
de Instrucción para el Público y Propaganda. De esta
forma se convirtió en mandamás de la prensa, radio,
cine, teatro y virtualmente todas las actividades culturales y científicas
del Reich. De ahí en adelante utilizó su inmenso poder
y torcida inteligencia para atacar a los supuestos enemigos del
sistema y, en plan teleológico, glorificar a la raza aria.
Joseph Goebbels utilizó prácticamente todos los medios
a su alcance para darle credibilidad al movimiento nazi, pero no
sólo eso, midió consecuencias, tamizó información
y teorizó sobre el fenómeno de la comunicación
de masas al definir los puntos básicos de la misma: ventajas
y desventajas de la información, público, opinión,
canal, mensaje, respuesta, etcétera.
Además de marchas, mítines y actos oficiales, las
ideas de Goebbels para "purificar el espíritu alemán"
llegaron a la población en forma de programas de radio (ej.
volksradio), producciones cinematográficas (ej. "El
triunfo de la voluntad" de Leni Riefenstahl), documentales
antisemitas y de eutanasia, transmisiones de TV (ej. los Juegos
Olímpicos), boletines de prensa y, por supuesto, pósters
e impresos.
Bajo el mismo carácter totalitario, el Ministro de Propaganda
condenó públicamente libros y textos escritos por
judíos, izquierdosos, liberales, pacifistas y extranjeros.
Patrocinó la quema de títulos y el saqueo de librerías
"sospechosas"; tan sólo en una noche se chamuscaron
20 mil libros considerados nocivos o inútiles para el pueblo
teutón.
Para Goebbels "en la propaganda, como en el amor, todo es
permitido para lograr un fin". Prueba de que no se andaba por
las ramas fue la exposición de arte moderno llevada a cabo
en 1937. La muestra El arte degenerado se anunció como "documentos
culturales de la decadencia producida por bolcheviques y judíos".
La exhibición incluía pinturas y trabajos confiscados
por el Ministerio de Propaganda y pretendía ridiculizar a
pintores como Picasso, Kandinsky y Kokoschka al comparar sus obras
con cuadros realizados por enfermos mentales.
Durante los primeros años de la Segunda Guerra, de 1939
a 1942, el trabajo de Goebbels fue relativamente fácil. Mantener
la moral pública en alto no requería de grandes esfuerzos
debido a las exitosas campañas de guerra por parte de los
nazis. No fue hasta la segunda parte del conflicto que el "pequeño
doctor" probó ser un maestro en eso de moldear la opinión
pública. A pesar de los intensos bombardeos y de las ciudades
convertidas en ruinas, la propaganda invitó al pueblo alemán
a no cejar, a no perder el espíritu e, incluso, a reforzar
la confianza en Hitler.
Victoria o destrucción, así podemos definir su postura
durante el último capítulo de la guerra. Inventó
armas secretas y fortalezas impenetrables para que la gente, aún
con una bayoneta entre pecho y espalda, siguiera creyendo en los
corrompidos poderes de la svástica.
Al final, con la muerte de Hitler y la inminente llegada de los
ejércitos aliados, Goebbels planeó su último
acto propagandístico, quizá el más grande,
quizá el más aterrador: mandó quemar todos
los puentes de Berlín para que sus enemigos, al ocupar la
ciudad, se encontraran con un paisaje verdaderamente desolador.
El primero de mayo de 1945, después de envenenar a sus seis
hijos, Joseph Goebbels se dio un tiro en la cabeza. Cuentan las
malas lenguas que sus últimas palabras fueron: "Seremos
recordados por la historia como el máximo legado de todos
los tiempos o como los criminales más terribles que el mundo
haya conocido".
Algo es claro, al finalizar la guerra tanto los gringos como los
rusos no solamente se hicieron de los planos para construir cohetes
y aviones a propulsión, también se apoderaron de las
ideas de Goebbels para justificar sus respectivas ideologías.
Para bien o para mal, la propaganda del Tercer Reich le enseñó
a los políticos y agitadores del mundo que más vale
una mentira creíble que una verdad inverosímil.
Arturo Pizá

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