Ya lo llevan a enterrar a empujones bajo un cielo de plata manchado
de palomas. Pretextan, los mismos que lo juzgan cada que es exhumado,
que con el apuro —nuevamente— no alcanzará para
la cruz; si acaso el hijo del sepulturero regará con orines
el girasol salvaje que crece ahí donde falta un epitafio.
"Ahora que me despertaron —dice el poeta con una carcajada
mientras se sacude el polvo de la levita— sé que nada hay
tan inmejorablemente contemporáneo como la verdad".
La cofradía de patíbulo insiste en que se lave en
un charco de sangre; lo han desenterrado bajo los mismos cargos:
por reírse en casa del ahorcado y por un orgasmo de quinientos
pesos.
— Y ahora resulta que llorar mata de risa —insiste
a diario Roque Dalton, pero sus captores, flemáticos, le
llevan como alguna vez lo hicieron con el Señor K. En un
país pequeño como El Salvador, tan pequeño
como un pulgar, hasta sembrar hortalizas con una bayoneta significa
la muerte. Salvador, si tu ceguera es de fuego y tu mudez de gritería,
deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño.
“Nuestra poesía es más puta que nuestra democracia”
grita Roquito, nuestro narizón y flaco Gulliver.
— ¡A callar! El Tribunal de la Santa Emboscada Flagrante
entra en sesión. La vida es una erizante broma pornográfica
y aquellos que osen ponerlo a prueba, tan sólo en el patíbulo
lucirán decentes, y si no me creen —continuó el Juez—
pregúntenle a Roque Dalton, que cuando los del Frente Farabundo
Martí apenas se entretenían en la guerra de guerrillas
a resorterazos, él ya se persignaba a carcajadas dentro de
un ataúd repleto de confeti, que tan amablemente le compró
el Ejército Revolucionario del Pueblo.
Hacer el amor, como hacer la guerra, provoca cáncer; por
lo menos para los que sueñan con poesías revolucionarias
o, mejor dicho, con revoluciones poéticas; también,
para los que sueñan con acostarse con diablesas locas y terminan
por zambullirse en primeras comuniones.
En el acto, Roque Dalton pidió cinco lustros de silencio
por su memoria, y cayó mortalmente herido de un machetazo
en el corazón, pero aún tuvo tiempo de sacar su mejor
poesía de la funda y disparar con ella contra sus asesinos,
que parecieron momentáneamente desconcertados, llevándose
los índices a los oídos y pidiendo a gritos que apagaran
la luz.
Ya lo llevan a enterrar a empujones... cuando el pueblo vaya a
verlo en el ataúd, todavía no estará suficientemente
borracho; tendrá un gesto muy raro: la cara anudada como
si le doliera la muerte. Entonces, como el santón farsante
que siempre fue, se quejará: "¡Qué cosa
más jodida es descansar en paz!"
Arturo Pizá
